Conservadorismo
Réplica a una crítica
Soledad Platero comentó mi capítulo Populismo diciendo:
“Yo creo que hay que reconocerle [al autor] su meridiana claridad para explicar la diferencia sustancial entre un conservador y un progresista (…): mientras el primero cree que el mundo está bien por definición, porque así fue dado directamente de las manos del Señor (…), el segundo cree que las cosas no están necesariamente bien cuando son injustas, y que para modificarlas existe la política. Para el conservador, lo político no existe: es apenas el formato jurídico e institucional del que se vale el orden natural para protegerse y perpetuarse. El progresista, en cambio (…), en su afán de ir contra natura, no vacila en criticar las estructuras institucionales que le parecen injustas o abusivas (ni en derribarlas, si fuera menester)1.”
Hay distintos tipos de conservadorismo, que se distinguen entre sí en función de lo que pretenden conservar. Sin duda existe un conservadorismo interesado en conservar el statu quo, o sea mantener el orden social vigente con todos sus defectos e injusticias. Es claro que no es ese el tipo de conservadorismo que defiendo. Lo que a los cristianos nos interesa conservar (además del depósito de la fe, pero ese es otro tema), no es ningún orden social injusto, sino el apego a la ley moral natural, que es la ley intrínseca que rige nuestro desarrollo en cuanto personas. Nuestra adhesión al orden moral objetivo nos impulsa a rechazar todo orden social injusto, y a trabajar por el crecimiento del bien común y la justicia social.
Ciertamente los cristianos alabamos a Dios por el orden maravilloso de la Creación. ¿Cómo no contemplar con admiración y gratitud, por ejemplo, la “sintonía fina” de las constantes físicas fundamentales que hace posible la existencia de la vida en el universo? ¿Cómo no extasiarse ante la intrincada trama de las complejísimas y eficientes “máquinas moleculares” que componen las células o ante el cerebro humano, el objeto más sorprendente del universo material? No obstante, es evidente que el reconocimiento del diseño inteligentísimo del orden natural no impide a los cristianos afirmar la existencia del mal físico y el mal moral. No puedo sintetizar aquí, en unas pocas líneas, la respuesta cristiana al problema del mal, ni la doctrina cristiana sobre el pecado original, el pecado personal y el pecado social. Empero, basta aludir a ellas para darse cuenta de que el conservadorismo cristiano no consiste en considerar que todas las cosas de este mundo están bien como están. Para subrayar este punto, citaré una sola frase del Nuevo Testamento:
“El mundo entero yace en poder del Maligno2.”
El artículo de Platero contiene al menos otras dos caracterizaciones de los conservadores que en mi opinión son erróneas. Por una parte, la autora afirma que la visión conservadora
“insiste en que con fe y voluntad puede lograrse cualquier cosa3.”
Esa insistencia no es propia de la doctrina cristiana tradicional, sino más bien del “pensamiento positivo” de la New Age. No se debe confundir la esperanza cristiana con el optimismo psicológico o ideológico. Sobrellevar con paciencia y esperanza sobrenatural los contratiempos inevitables de la vida es parte integral de la vida cristiana.
Además, Platero dice:
“Hay dos formas opuestas de entender la vida en común. Hay una perspectiva según la cual el bien común es meta y responsabilidad colectiva, y hay otra que, en cambio, entiende que la meta es el éxito personal, y que la responsabilidad del resultado es exclusivamente propia4.”
La autora atribuye a los conservadores esa segunda forma de entender la vida en común. En mi caso, nada más alejado de la verdad. En el capítulo Populismo, citando a Aristóteles, recordé que las formas de gobierno adecuadas son las que buscan el bien común. Y en muchos otros escritos he rechazado explícitamente el individualismo y el liberalismo, subrayando la importancia que el socialcristianismo otorga al principio de solidaridad, entendido en conexión con el principio de subsidiariedad.
Concluyo este capítulo señalando que la antropología individualista hace estragos no solo en la derecha, sino también en la izquierda del espectro político. La profunda desconfianza izquierdista frente a todo lo privado (propiedad privada, empresa privada, etc.) está relacionada con la premisa individualista según la cual, como pensaba Hobbes, en el estado de naturaleza (es decir, antes del mítico contrato social) “el hombre es un lobo para el hombre”. La sociedad no sería algo natural y bueno de por sí sino un mal necesario para alcanzar una mayor seguridad, desarrollo e igualdad. De hecho no pocos izquierdistas, pese a su solidaridad abstracta con la humanidad, no son solidarios con el prójimo que vive a su lado. Quizás quieren que el Estado se ocupe de los necesitados (aunque sean de su propia familia), para no tener que ocuparse de ellos por sí mismos.
Notas
1) Soledad Platero, Quiere soplar un viento del norte; en: la diaria, 27/11/2018.
2) 1 Juan 5,19.
3) Soledad Platero, op. cit.
4) Ídem.


