El transhumanismo
Una utopía materialista
¿Qué es el transhumanismo?
Existen muchas definiciones del transhumanismo. Por ejemplo, la World Transhumanist Association (Asociación Transhumanista Mundial) dio las siguientes dos definiciones:
“1- El movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y la deseabilidad de mejorar fundamentalmente la condición humana a través de la razón aplicada, especialmente desarrollando y haciendo disponibles tecnologías para eliminar el envejecimiento y mejorar en gran medida las capacidades intelectuales, físicas y psicológicas.
2- El estudio de las ramificaciones, promesas y peligros potenciales de las tecnologías que nos permitirán superar limitaciones humanas fundamentales, y el estudio relacionado de las materias éticas involucradas en desarrollar y emplear tales tecnologías1.”
Estas definiciones pueden dar la impresión de que el transhumanismo es algo inocuo o incluso positivo. Por eso propondré mi propia descripción de esta nueva ideología: el transhumanismo es una utopía materialista que pretende utilizar medios tecnológicos para transformar al ser humano en algo más que humano. Los transhumanistas conciben lo transhumano como una etapa de transición hacia lo posthumano. El símbolo que representa al transhumanismo (H+) manifiesta claramente esa voluntad de autotrascendencia.
Para captar rápidamente la esencia del transhumanismo, conviene considerar que la mayoría de los transhumanistas aspira a que el progreso tecnológico permita al hombre alcanzar la inmortalidad. Además, los transhumanistas imaginan que en una sociedad transhumanista la esperanza de vida promedio superaría los 120 años y en general las personas estarían dispuestas a reemplazar sus órganos sanos por dispositivos artificiales, a fin de mejorar sus capacidades físicas o psíquicas. Con base en su fe progresista y cientificista, los transhumanistas creen firmemente que estas cosas ocurrirán, más pronto o más tarde.
Concluiré esta somera descripción del transhumanismo citando parte de un artículo de Wesley J. Smith. La traducción del inglés al español es mía.
“Los proselitistas del ‘transhumanismo’ afirman que, a través de las maravillas de la tecnología, tú o tus hijos vivirán para siempre. No solo eso, sino que dentro de décadas tú serás capaz de transformar tu cuerpo y tu consciencia en una infinita variedad de diseños y propósitos: una evolución autodirigida que conduce al desarrollo de ‘especies posthumanas’ con superpoderes semejantes a los de personajes de cómics. En verdad, un día seremos como dioses: ‘En el futuro distante’, suspiró el biólogo de Princeton Lee Silver en su libro Remaking Eden [Rehaciendo el Edén], nos convertiremos en ‘seres mentales’ inmortales tan ‘diferentes de los humanos como los humanos lo son de los gusanos primitivos con cerebros diminutos que por primera vez se arrastraron a lo largo de la superficie de la tierra’.
El extraordinario inventor Ray Kurzweil es probablemente el proponente más famoso del transhumanismo. Kurzweil, quien ahora es el jefe de ingeniería de Google, predice que ‘la Singularidad’, un ‘punto de inflexión’ adveniente de aceleración tecnológica exponencial, desencadenará una cascada imparable de avances científicos que conducirá a la inevitable superación de la muerte física. Kurzweil predice que la inmortalidad humana estará aquí hacia 2045, alcanzada por medio de la carga de nuestras mentes en computadoras. ‘Tendremos cuerpos no biológicos’, profetizó, ‘que nos permitirán vivir en una realidad virtual que será tan realista como la realidad real’.
Otros proyectos transhumanistas incluyen la ingeniería genética de embriones para producir niños mejorados, la vida en una conciencia de grupo y la alteración radical del cuerpo para expresar mejor la hiperindividualidad2.”
Dentro del transhumanismo existen distintas corrientes (abolicionismo, extropianismo, inmortalismo, posgenerismo, singularitarianismo, tecnicismo, tecnogaianismo, transhumanismo democrático, transhumanismo libertario), pero en esta primera aproximación al tema no entraré a analizarlas.
¿Qué tanto se ha desarrollado el transhumanismo?
Los primeros autodenominados transhumanistas se reunieron formalmente a principios de 1980 en la UCLA (Universidad de California en Los Ángeles), que se convirtió en el centro principal del pensamiento transhumanista.
En 1998 los filósofos Nick Bostrom y David Pearce fundaron la World Transhumanist Association (WTA), una organización internacional no gubernamental que trabaja por el reconocimiento del transhumanismo como un objeto legítimo de la investigación científica y la política. En 1999, la WTA redactó y aprobó la Declaración Transhumanista. En 2008 la WTA cambió su nombre por Humanity+. En ese entonces contaba con unos 5.000 miembros. En 2016 Humanity+ tenía su sede central en Los Ángeles y contaba con casi 10.000 miembros y tres instituciones afiliadas, es decir instituciones que trabajaban con Humanity+. Se trataba del Singularity Institute, el Foresight Institute y la Mormon Transhumanist Association (Asociación Transhumanista Mormona). Humanity+ tenía la forma jurídica de una empresa: Humanity+, Inc. Su sitio web tenía el siguiente lema:
“No limites tus desafíos. Desafía tus límites.”
En ese momento Humanity+ contaba con 58 capítulos o grupos locales: 23 en los Estados Unidos y 35 en otros 30 países (contando como países a América Latina y a Second Life). En América Latina había un capítulo en vías de organización, denominado Asociación Transhumanista. Esta asociación tenía en Yahoogroups foros de discusión correspondientes a 17 países de América Latina, incluyendo a Argentina pero no a Uruguay. Sin embargo, la portada del sitio web de la Asociación Transhumanista mostraba las banderas de diez países de América Latina, incluyendo a Uruguay.
Por otra parte, ya existían partidos políticos transhumanistas en unos 25 países de los cinco continentes. Esos partidos estaban agrupados en el Partido Transhumanista Global. En 2012 fue elegido en Italia el primer diputado transhumanista de la historia: Giuseppe Vatinno, licenciado en física, periodista y profesor sobre energía y temas medioambientales en el Politécnico de Milán y en la Universidad La Sapienza de Roma.
El Partido Transhumanista de los Estados Unidos fue fundado en 2015 e intentó presentar un candidato a la Presidencia en las elecciones de 2016. Su precandidato (Zoltan Istvan) declaró que
“todos habremos cambiado y viviremos 500 años o más”
en cuestión de un cuarto de siglo. Según él, para esa fecha no van a existir los sexos ni las razas, así que las discriminaciones acabarán de un plumazo. Los úteros artificiales reemplazarán los partos naturales (”bárbaros y peligrosos médicamente”, según Istvan) y, para no aburrirnos de nosotros mismos, podremos cambiarnos de sexo o de color de piel cada semana, gracias al desarrollo de la nanotecnología. Istvan piensa que, con suficientes recursos, podemos dominar el envejecimiento en una década. Propuso gastar al menos un billón de dólares (o sea, un millón de millones de dólares) en diez años en la investigación de la extensión de la vida.
En Internet es posible encontrar muchas noticias que permiten evaluar el grado de difusión alcanzado por el transhumanismo. Me limitaré a citar una de esas noticias, que me parece muy ilustrativa.
En 2012 se informó que la Asociación Iberoamericana de Criopreservación (que agrupaba a 50 investigadores españoles) planeaba instalar en Madrid el primer cementerio español dedicado a la criogenización, como alternativa a los servicios funerarios tradicionales. En dicho cementerio (o, como prefieren llamarlo, “albergue de pacientes”, ya que consideran que no trabajan con seres definitivamente muertos), se conservarían los cadáveres para poder aprovechar los futuros avances médicos. Según su teoría, cuando uno fallece por una enfermedad, se lo congela, y si en un futuro se encuentra la cura a esa enfermedad, se lo descongela. En los Estados Unidos unas 50 personas fallecidas se sometieron a la criogenización en 2011. En España más de cien personas estaban interesadas en la criopreservación de sus restos mortales. Según el autor del artículo referido, los mayores problemas de esa técnica eran su elevado costo (100.000 euros) y que no existía ninguna garantía de que funcionara correctamente. Aunque la ley española no amparaba expresamente el enterramiento de personas en cápsulas de criogenización, la asociación referida quería aprovechar un vacío legal para continuar su proyecto. Sin embargo, algunos cuestionaban éticamente esa técnica y se preveía que la OMC iba a estudiar si esa práctica es éticamente lícita.
¿Cuáles son las raíces y conexiones ideológicas del transhumanismo?
El transhumanismo es una ideología evolucionista. Según el transhumanismo, la evolución, que en el pasado hizo surgir la vida no consciente a partir del universo inanimado y la humanidad a partir de la vida no consciente, transformará a la humanidad primero en la transhumanidad y después en la posthumanidad. Es fácil ver que el darwinismo y el darwinismo social figuran entre las principales raíces ideológicas del transhumanismo.
Hacia mediados del siglo XIX la selección natural fue descubierta de forma simultánea e independiente por dos biólogos británicos: Charles Darwin y Alfred Wallace. Darwin era partidario del naturalismo filosófico, es decir de la doctrina que niega la existencia de lo sobrenatural o bien su influencia en nuestro mundo. En cambio Wallace creía en el diseño inteligente de los seres vivos. El establishment científico de la Inglaterra victoriana, firmemente inclinado hacia el naturalismo filosófico, apoyó a Darwin y dejó que la obra de Wallace cayera en el olvido. Thomas Huxley, apodado “el bulldog de Darwin”, fue el principal difusor del darwinismo en Inglaterra, pese a que en privado manifestaba dudas sobre un aspecto central de la teoría darwinista: el gradualismo de la evolución. Huxley logró convencer a muchos de que la ciencia y la religión estaban absoluta e inevitablemente enfrentadas con respecto a la teoría de la evolución; y de que la ciencia darwinista representaba la derrota definitiva de la religión, y especialmente del cristianismo.
El darwinismo social combinó la obra de Herbert Spencer con la teoría darwinista de la evolución, sosteniendo que la lucha por la supervivencia del más apto se da también dentro de las sociedades humanas. Contribuyó a dar un barniz científico a las teorías racistas en boga hacia fines del siglo XIX y fue el principal sustento intelectual del movimiento eugenésico, que buscó mejorar la raza humana por medios semejantes a los empleados en la cría de perros o caballos. Los eugenistas pretendían favorecer la reproducción de los seres humanos juzgados por ellos como más aptos y obstaculizar o incluso impedir la reproducción de los juzgados por ellos como menos aptos. Charles Darwin expresó ideas racistas y eugenésicas en su libro El origen del hombre, de 1871.
Como el darwinismo social, el transhumanismo pretende que el hombre tome las riendas de la evolución y busque deliberadamente mejorar o trascender la naturaleza humana. Y, como el movimiento eugenésico, el movimiento transhumanista pretende utilizar la ciencia y la tecnología para alcanzar su objetivo de mejorar la raza humana.
La mayoría de los transhumanistas son ateos o agnósticos, pero existe una minoría de transhumanistas creyentes. La mayoría de esa minoría se inscribe dentro de la espiritualidad New Age (Nueva Era). Entre la New Age y el transhumanismo existen no pocas afinidades. Los partidarios de la New Age esperan la próxima llegada de la Era de Acuario, en la cual los hombres ascenderán a un nuevo nivel de consciencia. Los transhumanistas esperan algo parecido, aunque se proponen alcanzarlo por medio de la ciencia y la tecnología occidental, en lugar de las técnicas de meditación orientales. Probablemente no sea casualidad que tanto la New Age como el transhumanismo hayan tenido su primer centro de irradiación en California.
El transhumanismo también tiene muchos puntos de contacto con la perspectiva de género. Ambas ideologías sueñan que el progreso científico permitirá crear úteros artificiales, liberando a la mujer de la carga de la maternidad, y permitirá “cambios de sexo” más “perfectos” que los actuales.
Por último señalaré un punto de contacto entre el transhumanismo y el ecologismo radical animalista. Como este último, algunos transhumanistas buscan abolir el sufrimiento en todos los seres vivos capaces de sentir dolor.
¿Cuáles son los principales peligros del transhumanismo?
Muy sensatamente, Francis Fukuyama ha calificado al transhumanismo como
“la idea más peligrosa del mundo”.
En realidad, los peligros del transhumanismo son tantos que es difícil elegir los principales; pero haré el intento.
La técnica, aunque a priori es moralmente ambivalente, es en términos generales algo muy bueno, porque responde a la vocación humana al trabajo y el desarrollo. Para contribuir auténticamente al desarrollo humano, la técnica debe respetar la verdad del hombre; pero si no respeta la naturaleza humana, la técnica se convierte en una grave amenaza contra el mismo ser humano, en sus dimensiones individual y social. La grave amenaza de un progreso técnico amoral no es una mera posibilidad teórica sino una triste realidad que hiere seriamente a nuestra actual civilización. Si extrapolamos la actual tendencia a un desarrollo técnico mayormente desvinculado de la ley moral natural, nos enfrentamos a la oscura perspectiva de una sociedad cada vez más deshumanizada.
Esa tendencia se muestra hoy con máxima claridad en el ámbito de la biotecnología y la bioética. El Papa Benedicto XVI escribió lo siguiente:
“En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Este es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia. Estamos ante un aut-aut [o lo uno o lo otro] decisivo3.”
La ideología transhumanista infunde nuevos bríos a esa tendencia funesta. La biotecnología divorciada de la ética está empeñada en una tarea de deshumanización consistente con lo que C. S. Lewis, en el título de uno de sus libros, denominó La abolición del hombre, o sea de la naturaleza humana y, por consiguiente, de la humanidad. Este es, por otra parte, el objetivo explícito del transhumanismo.
La extrapolación de las tendencias presentes en la actual “cultura de la muerte”, máxime si son potenciadas por el transhumanismo, nos enfrenta a un futuro posible muy inquietante, anticipado en la novela notable y profética de Aldous Huxley Un mundo feliz, que en 1931 previó el advenimiento de una sociedad hedonista, masificada y clasista, marcada por la manipulación del origen de la vida humana por medio de la clonación. De proseguir el curso actual, el ser humano se convertirá en un producto industrial más, comprable y vendible por catálogo. De paso, dejo constancia de que Aldous Huxley era hermano de Julian Huxley y nieto de Thomas Huxley.
Entre los innumerables aspectos moralmente ilícitos o al menos problemáticos de la actual revolución biotecnológica, me detendré aquí en uno, los intentos de hibridación, citando un documento vaticano de 2008:
“Recientemente se han utilizado óvulos de animales para la reprogramación de los núcleos de las células somáticas humanas –generalmente llamada clonación híbrida– con el fin de extraer células troncales embrionarias de los embriones resultantes, sin tener que recurrir a la utilización de óvulos humanos. Desde un punto de vista ético, tales procedimientos constituyen una ofensa a la dignidad del ser humano, debido a la mezcla de elementos genéticos humanos y animales capaz de alterar la identidad específica del hombre. El uso eventual de células troncales extraídas de esos embriones puede implicar, además, riesgos aún desconocidos para la salud, por la presencia de material genético animal en su citoplasma. Exponer conscientemente a un ser humano a estos riesgos es moral y deontológicamente inaceptable4.”
La afanosa búsqueda de la inmortalidad por medio de la ciencia y la tecnología, además de estar destinada al fracaso, seguramente produciría grandes injusticias sociales. Las enormes sumas de dinero requeridas para llevar la esperanza de vida promedio a 100 años en los países desarrollados estarían infinitamente mejor invertidas en el combate a la malaria y muchas otras enfermedades que matan cada año a millones de personas en los países subdesarrollados. Además, el envejecimiento radical de la población o de parte de ella generaría terribles problemas sociales en los mismos países desarrollados.
Reflexiones finales
Las premisas materialistas del transhumanismo vician gran parte de sus propuestas. Para el materialista, en el fondo no hay una diferencia esencial entre el ser humano y los seres vivos irracionales, y tampoco entre estos y los seres inanimados. En última instancia, de ese error inicial provienen la negación del libre albedrío en el hombre y la confusión entre la inteligencia humana y la “inteligencia artificial” de las computadoras o los robots. Dicho de forma clara y simple: no es posible “subir” mi mente a una computadora. Un programa de computadora que simulara mi forma de pensar, de hablar y de actuar no sería mi mente; no sería yo. Es completamente absurdo buscar la inmortalidad por esa vía.
Terminaré este capítulo con una reflexión teológica cristiana. La causa primera del divorcio entre la tecnología y la moral es el pecado original. En el relato bíblico del pecado original, Adán y Eva se dejaron seducir por el deseo de llegar a ser como dioses obrando contra la voluntad de Dios. El pecado original no residió en que Adán y Eva quisieran ser como dioses, pues Dios mismo los había creado a su imagen y semejanza y los había llamado a ser sus hijos, sino en que comieron del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, el único que Dios les había prohibido comer. Su pecado tampoco consistió en querer conocer el bien y el mal (o sea, la ciencia moral), sino en querer determinar arbitrariamente el bien y el mal por sí mismos. Adán y Eva desoyeron la ley moral inscrita en su propia conciencia y obraron en contra de su misma naturaleza. Quisieron ser felices al margen de Dios o en contra de Dios, cosa imposible.
Se podría decir que el dogma del pecado original es el único dogma cristiano que es casi susceptible de una comprobación empírica. En efecto, es fácil constatar que, en el ámbito de nuestra experiencia, rige lo que podríamos llamar la “ley de la culpabilidad universal”. Todos nosotros, con nuestras culpas leves o graves, contribuimos a embrollar las cosas en todos los niveles.
La Biblia vincula el origen de la técnica con la descendencia de Caín (cf. Génesis 4,22) y asocia una portentosa obra técnica (la torre de Babel: Génesis 11,1-9) con un momento importante en la historia del pecado. Esto nos indica que, en el hombre caído por el pecado, el poderío técnico puede convertirse en una herramienta muy eficaz de alienación y de desunión social.
Esto se aprecia claramente en el caso del transhumanismo. El movimiento transhumanista pretende vencer el dolor y la muerte y crear un Cielo en la Tierra por medio de las solas fuerzas naturales del hombre, en un intento de compensar la pérdida de la fe religiosa con un sucedáneo materialista. Ofrece al hombre la salvación y la vida eterna sin necesidad del perdón de Dios ni de la conversión moral, sin necesidad de dogmas, sacramentos u oración. No es difícil escuchar en la pseudorreligión transhumanista un eco de la mentira de la serpiente del jardín del Edén:
“Seréis como dioses”.
Una mentira que apela en primer lugar a nuestra soberbia, pero también a nuestra pereza y miedo. Por ejemplo, ¿por qué esforzarme para ser un buen atleta si puedo correr más rápido y sin esfuerzo con piernas artificiales? ¿Y cómo me animaré a sacrificar mi vida por una causa noble si la vida terrena es para mí el valor supremo?
Hay una pequeña minoría de transhumanistas que son cristianos. Esos cristianos se afilian a las tesis del protestantismo liberal, infiltradas en el catolicismo bajo el nombre de modernismo o progresismo. Por lo dicho hasta aquí, es evidente que esos cristianos incurren en la herejía pelagiana, pues creen que el hombre se salva por sus solas fuerzas, sin necesidad de la gracia de Dios. Vale la pena considerar aquí a Teilhard de Chardin, quien tenía una visión de la evolución muy semejante a la del transhumanismo. Según Teilhard, la evolución misma, por su propio ímpetu, tiende de la cosmogénesis a la biogénesis, de la biogénesis a la noogénesis, y de la noogénesis a la cristogénesis, por medio de la convergencia de la humanidad en Cristo, el Punto Omega. No en vano Teilhard, que esperaba que el cristianismo diera lugar a una nueva religión superior, es el teólogo que más ha influido en los pensadores de la New Age.
En cambio, los verdaderos cristianos creemos que Nuestro Señor Jesucristo, único Redentor del hombre y Salvador del mundo, es también el Salvador de la ciencia y de la técnica, y que, para superar la actual crisis moral de nuestra civilización técnica, necesitamos ante todo personas y comunidades santas, que, siguiendo a Cristo, impulsados por su Espíritu, vayan por la Cruz a la Luz.
1) https://www.humanityplus.org/transhumanism
2) Wesley J. Smith, The Materialists’ Rapture, en: First Things, 28/06/2013.
3) Benedicto XVI, carta encíclica Caritas in Veritate, n. 74.
4) Congregación para la Doctrina de la Fe, instrucción Dignitas Personae, n. 33.


